La eficiencia, el motor de la transición energética

Mechthild Wörsdörfer / Patrick Labat / Renaud Mazy.

Entrevista.

Todo el mundo está a favor de la eficiencia energética. Sin embargo, diferentes obstáculos frenan su despliegue, indispensable para la transición energética. Opiniones cruzadas de tres expertos sobre estos obstáculos y los medios para eliminarlos.

Mechthild Wörsdörfer, directora de Política Energética en la DG Energía de la Comisión Europea

“Al alcanzar el 30%, habremos conseguido la transición hacia un sistema bajo en carbono competitivo.”

¿Cómo definiría la eficiencia energética?

Patrick Labat : Aumentar la eficiencia energética significa gastar menos energía y menos recursos para obtener un mismo servicio, por ejemplo, para garantizar la misma producción industrial, o para obtener el mismo nivel de confort en un edificio. Si seguimos con el ejemplo de los edificios, estas mejoras se pueden obtener de tres maneras: con la construcción de nuevos alojamientos, que requiere su tiempo; con la rehabilitación de los edificios existentes, que supone unas intervenciones muy costosas con un retorno de la inversión muy a largo plazo; con la modernización interior de los inmuebles, con sistemas de regulación automática, de producción de energía optimizados, mediante, entre otros, la cogeneración. También es posible mejorar el mix energético implementando las mejores fuentes de energía disponibles localmente. Estas últimas inversiones se pueden amortizar más rápidamente, especialmente si se combinan con la sensibilización por parte de los ocupantes sobre el impacto de su comportamiento en el consumo.
Mechthild Wörsdörfer : El sector de la construcción es clave en materia de eficiencia energética. Es una de nuestras prioridades, porque representa casi la mitad de la energía consumida en Europa. Los otros sectores considerados energívoros son, entre otros, los bienes de consumo (neveras, ordenadores, coches,... todos más o menos eficientes), la industria y los transportes. Dentro de nuestra estrategia Energía 2020, hemos fijado un objetivo del 20 % de mejora de la eficiencia energética para el 2020. Para conseguirlo, en el año 2012 adoptamos una normativa. A pesar del escepticismo expresado por algunas personas al anunciar este objetivo, incluso dentro de los Estados miembros, hoy estamos convencidos de que lo conseguiremos. Vamos por muy buen camino, de hecho, en la revisión actual de la normativa se está estudiando una mejora del 30 % para el 2030.
Renaud Mazy : ¡Reducir el despilfarro es un auténtico reto! Efectivamente, en los grandes establecimientos como los hospitales, incluso pequeñas mejoras de funcionamiento en lugares como la ventilación o la iluminación permiten obtener importantes ahorros de energía y dinero. Ahora bien, a medio y largo plazo, conseguir un verdadero ahorro de energía requiere inversiones cuya rentabilidad no es inmediata. Se trata de opciones complejas de efectuar y de implementar, y deben hacerse en un contexto de restricciones financieras importantes para los hospitales. En este contexto, decidimos pedir a Veolia que nos acompañara en la elaboración de diferentes estudios sobre el conjunto de nuestras actividades para identificar posibles vías de ahorro en las que trabajar juntos.

Patrick Labat, director de la zona Europa del Norte de Veolia

“Aumentar la eficiencia energética significa gastar menos energía y menos recursos para un mismo servicio.”

Muchos expertos consideran que los progresos son muy lentos. ¿Cuál es su punto de vista sobre los principales obstáculos en juego?

M. W. : Hemos asistido a una serie de fallos, de mercado y normativos, que han frenado las inversiones en materia de eficiencia energética. Nuestro principal reto es promover estas inversiones. Según nuestros cálculos necesitaremos más de 150.000 millones de euros al año de inversiones entre 2020 y 2030 para cumplir nuestros objetivos. Es verdad que contamos con fondos públicos, al igual que los Estados miembros y las regiones, pero es necesaria la inyección de dinero privado en este sector. La realidad muestra lo contrario debido a diferentes motivos: la reticencia de los bancos a conceder préstamos, o incluso la dificultad para decidir quién financia y quién se beneficia de las mejoras, por ejemplo, entre los inquilinos y los propietarios. Otro obstáculo añadido es la pequeña escala en que se realizan todas estas acciones, con la implicación de una gran cantidad de actores que tendrían que añadirse de una forma u otra... Pero ello comporta nuevos problemas. Sea como sea, el 75 % de los edificios en Europa siguen siendo ineficaces desde un punto de vista energético.
P. L. : El principal freno es la falta de concienciación individual y colectiva sobre la necesidad de tener que invertir rápidamente en eficiencia energética: la energía más «verde» es la que no se consume. Los poderes públicos deben crear las condiciones incentivadoras y coercitivas para promover a gran escala estas inversiones mejorando su rentabilidad. Para ser eficaz, debemos tener la previsión y la humildad de dirigirse a los que saben. No todos los actores son especialistas en energía y eficiencia. A menudo la mejor manera de conseguir beneficios rápidos y significativos conlleva buscar empresas especializadas y que proponen contratos con compromiso de resultados, de la co-construcción o de co-diseño.
R. M. : Muchos de los grandes hospitales de Bélgica son de finales de los años 1970, una época en que el ahorro energético no era una preocupación... Ahora este pasivo es un freno importante. Además, trabajamos en un entorno con muchas limitaciones económicas. La crisis del 2008 llegó a muchos sectores y aún hoy el sector hospitalario arrastra los recortes. Como director, estoy totalmente convencido de algunas opciones necesarias en materia de medio ambiente en el marco de nuestros futuros proyectos de construcción. Pero al mismo tiempo tengo que explicar a mis equipos que algunas cosas costarán más y que, por tanto, el esfuerzo colectivo será mayor.

¿Qué herramientas, en su campo de actividad, podrían utilizarse para acelerar las cosas?

Renaud Mazy, administrador delegado de las Clínicas universitarias Saint-Luc - Bruselas

“Conseguir un verdadero ahorro de energía requiere inversiones cuya rentabilidad tarda en llegar.”

R. M. : Los poderes públicos deben invertir a largo plazo. Yo insistiría en la importancia de las decisiones políticas claras y constantes que permiten definir una visión energética para nuestra sociedad, y que sobre todo aportan previsibilidad. Me entristecen, por ejemplo, las tergiversaciones que hemos vivido en Bélgica en materia de medidas para fomentar el desarrollo de la energía fotovoltaica. O que el debate entre la energía eólica y la fósil no esté totalmente contrastado, los proveedores de energía necesitan un discurso más claro. Por suerte, algunos actores del mercado trabajan técnicamente y financieramente junto a empresas para acelerar y garantizar esta transición, es lo que Veolia ha hecho con nosotros.
P. L. :Debemos implementar una política incentivadora y coercitiva. Por un lado, subvenciones o ayudas a la inversión; y por otro lado, dispositivos que penalicen las emisiones. Es absolutamente necesario fijar un precio al carbono, mediante impuestos o implementando un sistema de cuotas de pago, para promover la innovación, la adopción de las tecnologías adecuadas, como los sistemas de calefacción colectivos, mucho más eficientes que las calderas individuales. También es importante ayudar a la gente a medir con detalle su consumo, aumentando su concienciación sobre el tema, de lo que ya hemos hablado antes. En los edificios o plantas en los que intervenimos, las personas que viven o trabajan se apropian de la información sobre la meteorología, la temperatura, el consumo cuando ponemos esta información a su disposición, y ello contribuye a que adopten un comportamiento más ahorrador.
M. W. : La Unión Europea trabaja principalmente en definir estrategias y hojas de ruta, que han demostrado ser importantes motores. El impacto de nuestra normativa 2020 relativa a la eficiencia energética en materia de transparencia y de garantía provisional es una clara muestra. Como ejemplo, los Estados miembros se han comprometido a desplegar 200 millones de contadores inteligentes para la electricidad y 45 millones para el gas para el 2020. También hemos calculado que nuestra normativa sobre el etiquetado de la eficiencia energética ha permitido ahorrar 100.000 millones de euros, es decir, 450 € por hogar. Estamos convencidos de que los objetivos para el 2030 en los que trabajamos serán importantes vectores de inversión y de cambio.

¿Qué resultados o cambios concretos le harían pensar que la transición energética ha sido un éxito?

P. L. :Conseguir los objetivos europeos sería un primer triunfo. Por ahora el ritmo es demasiado lento. La transición energética será posible cuando los comportamientos individuales y, por efecto de contagio, los comportamientos colectivos, contribuyan por sí mismos, sin medidas de fomento, a generar ahorro, o a orientarse hacia las soluciones más eficientes. Sin embargo, actualmente, los bajos precios de la energía no ayudan a esta necesaria concienciación sobre la necesidad de reducir nuestros consumos. Así que tenemos que implementar los mecanismos que permiten, también en el sector de la construcción, orientar los comportamientos
R. M. : El éxito llegará cuando, a perímetro constante, el consumo de energía disminuya, y, consecuentemente, también la huella de carbono. Entonces habremos interiorizado la búsqueda de la eficiencia energética y no será a partir de medidas aisladas, como pasa actualmente, sino a través de una visión global que cuente con el apoyo de los poderes públicos y los actores de terreno.

M. W. : Aunque para algunos nuestro objetivo de mejora del 30 % de la eficiencia energética para el 2030 puede parecer insuficiente, personalmente creo que es la mejor manera y la más rentable de avanzar. Si lo fijamos al 40 %, heredaremos muchas infraestructuras demasiado caras de renovar, sin hablar del volumen de trabajo que representarían todos los edificios de Europa... Es una opción poco realista. Al alcanzar el 30 %, habremos conseguido la transición hacia un sistema energético competitivo bajo en carbono, más digital e inteligente, más flexible y que da más protagonismo a los «consum’actores». Además del beneficio para el clima, la transición tiene un impacto positivo en el PIB de los Estados miembros y conforta nuestros intereses geopolíticos haciéndonos menos dependientes del petróleo y del gas.

Una evolución energética real pero demasiado débil

Las emisiones de gas de efecto invernadero de la Unión Europea pasaron de 5.735 a 4.419 millones toneladas equivalentes de CO2 de 1990 a 2014, una disminución del 23%. Muchos dudan de que al ritmo actual podamos cumplir el objetivo oficial de - 40 % antes del 2030, y a fortiori el de - 80% el 2050. El sistema de las cuotas de carbono no funciona, actualmente la tonelada de CO2 emitida vale el precio irrisorio de 5 €. La salida del carbón parece lejana, con un consumo anual de 270 millones de toneladas y sin apenas reducciones. En cuanto al sector de los transportes, el más rezagado, se descarboniza a un ritmo anual de 0,7% y tendría que estar al 2%.

Fuente:informe IDDRI, noviembre 2016,